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Expedición del tiempo

Lo despistado, lo roto, me sigue detrás como un caballo muerto. Lo que cayó en el paño de las indecisiones, el agua terca, y quedó tirado en el camino. En este vaso con un perro adentro, y que bebo solitario en esta noche, frente a resoluciones quemadas, a un ángel como si fuese de hueso, penetro otra vez en mí, desciendo en un largo viaje, oliendo el camino, fumándome el tabaco del alma, o interrogando al enano que vive a espaldas de mi rostro. Pero hay una piel negra, un tiempo de labio leporino, algo rasgado y esencial entre esta muerte de ahora y el candado seco de otras floraciones. Partieron los días, como golondrinas de arena, o la amante de tristes ojos, y cuanto intenté rescatar está como cuero tendido. Yo te recuerdo atravesada por la jabalina del tiempo. ¡Qué largo andar ! ¡Qué largo viaje para este día ! Abarcabas el espacio negro, acariciabas el hocico de las horas, y yo, tenaz, ardiente, miserable, retrotrayendo un azar temible, un velo despedazado en el estupor pretérito, pero lejano, irremediable, como una nube entre la pierna abierta.