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Poema.es

Cilicios, cruces, azotes, mordazas

¡Señor ten piedad! Para un solo instante es mucha la turbulencia. Es húmeda la espalda del jardinero al final del día y hasta mí se desliza su cansancio que me enternece y pierde. Hasta aquí llega ardiente y fresca la sombra de su cuerpo y como alfombra de eucaliptos me descansa. Es con vapores que me envuelve. Arden sus manos que cantan al apretar con suave firmeza la tierra. También sus dedos que en gentil armonía se hunden, como si desbrozara de raíces una amada cabellera. ¿Qué clase de fineza es la suya, Señor? ¿Por qué me habla? ¡Ten piedad, Señor, y atóntame! que el tanto ver me ciega y me ha embriagado de tempestuosa intimidad su viril espera. ¡Amánsame! Ciérrame este cuerpo todo espasmos pura boca hambrienta que se abre se frota sacude Ten piedad Ten piedad