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Los limpiones

Le dije a don Epitacio: Si la cara va a limpiarse, hágalo sin apurarse, con cuidado y muy despacio. Saque el paño poco a poco, o como quiera sacarlo, pero, cuando vaya a usarlo, no lo haga usted a lo loco. Revíselo cuidadoso antes de ir a proceder, para que así pueda ver si no hay algo sospechoso. No vaya a hacerlo violento y nomás al aventón ni vaya a darse el limpión como quien limpia un jumento. Pues le puede suceder lo que a Luis le sucedió, que la sangre se sacó y él ni lo echaba de ver. O puede pasarle a usté lo que a don Juan le pasó, que todo se tasajió y no supo ni por qué. Y por más que le buscaba el motivo y la razón, se hacía pura confusión y nadita que le hallaba. Por eso les digo a todos: 'Limpíense con mucho tiento, despacio y con buenos modos, no nomás al ai te aviento'. NOTA. Acontece muy seguido que gentes poco cuidadosas y de poca reflexión se suenan las narices y, sin más ni más, sin tomar ninguna precaución, se guardan el paño en la bolsa y no vuelven a acordarse del negocio. Y acontece que, después de algún tiempo, se les ofrece limpiarse la cara, ya porque estén sudando, o porque les haya caído una gotera del techo en tiempo de aguas, o porque se hayan sentado a descansar sin sombrero debajo de un árbol con pajaritos o por cualquier otro motivo semejante, y, sin acordarse de nada ni tener en cuenta nada, sacan el paño a lo atarantado y se dan el limpión. Y entonces viene lo bueno, pues se dan unos rayones y unas tasajiadas en la cara, en los cachetes y en la calva que hasta se sacan la sangre y se ven muy adoloridos y apenados. Y todo porque, como es natural, las materias y las sustancias escurridizas y los humores narizales se resecan en el paño después de que uno se suena y se ponen tan duros y resistentes como pedazos de vidrio, y de allí vienen los rayones y las tasajiadas y las sacadas de sangre. Y, como la misma fuerza y la rapidez del limpión hace que se desprendan y se caigan las susodichas sustancias endurecidas, pues las gentes no saben con que se rayaron y ofendieron y, por más que buscan, no encuentran nada en el paño, y andan adivinando y haciéndose cruces y suposiciones de una cosa tan natural y sencilla. Por eso les pongo esta adversativa poesía, para que no se anden limpiando a la carrera y sin advertencia ni fijeza; sino para que, antes de hacerlo, tienten y sopesen el paño y vean si no hay peligro de garabatearse la cara con el filo de las vidrificadas sustancias o de sufrir algún otro perjurio serio, pues hasta puede darse el caso de que se saquen un ojo o cuando menos se lo rasguñen.