La tierra que papá compró cuando éramos niñas, quedaba frente del infierno; pero, era tan hermosa; los árboles gigantescos, y las achiras que parecían mujeres con la mantilla negra y la canastita de tizones y pimpollos.
Detrás iban las acacias, las quimeras y el árbol que siempre me daba espuma. El infierno quedaba unos pocos metros más allá, no sé dónde, arriba, entre las piedras y los árboles, parecía un altar. Allí, el fuego ardía, siempre; a veces, era una hoguera; otras, sólo un punto rojo; al volver del colegio, lo miraba fijamente. El dueño aparecía sólo de tarde en tarde; era hermoso, de astas afiladas; la manta le flotaba alrededor del cuello, hecha de su misma leve carne.
Algunos vecinos huyeron aterrorizados. Otros le llamabas: El Señor.
Papá decía: 'Si él no molesta a nadie'.
Pero yo dormía,apenas; de noche cuando todos dormían me asomaba a las puertas; veía al Dueño ajustar las tenazas; oía el zumbido, el débil grito de las ánimas, que, inútilmente, luchaban por librarse.
La tierra que papá compró cuando éramos niñas...
Más poemas de Marosa Di Giorgio
Ver todos (21) →
A la hora en que los robles se cierran dulcemente...
Al asomarme, te vi, rocío, y recordé el país de antes...
Al mediodía, las ásperas magnolias...
Anoche realicé el retorno...
Clavel y tenebrario (fragmentos)
Cuando nací había muchísimos higos...
Empecé a ver casas y casas...
Era la noche de mi casamiento...