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Como un cántaro

Desde mi ángulo diurno de cordura, no recordaba cómo, llegué flecha, a disparar del arco. Fue la herida de penetrar la noche, que me llamó a encontrarme. Se miraba mi boca en un roto cristal crecido a espejo. Con voluptuosa, medida muerte lenta, comencé, como un junco, vergonzoso de luz bajo la brisa, a declinar, y hallé hermoso contarme, derramando. Fue el oído subiendo hasta la nota, fue una danza de ninfas sobre el lienzo, fue un murmullo de cuerdas arriesgadas, fue el silencio total, dando en el fondo del lugar de doler, y fue el estruendo de cien locas gargantas, borbotones, presurosos, urgidos borbotones. En el espejo, dos orillas curvadas de verano. Estabas a mis márgenes, con el agua mía riéndose a tus carnes, escasamente, mi nivel no alcanzaba siquiera al cáliz de tu cuerpo, cuerpo. Hubieras, sí, jugado con mi espuma, inclinada tu cabeza triste, y un poco sorprendida. Hubieras tal vez puesto tu paladar a escuchar mi voz de tempestad y azúcar, y a medio claudicar, como quien oye un lejano temblor de cascos vueltos, vacilabas la inminencia, mezcla de miedo que huye y regocijo, que alza en danza de grito hasta las nubes. Yo volcaba, siempre rítmica cuerda, grave, grave, y un sabor y un aroma discordantes, como pájaros nuevos que se esquivan, atreviste tus manos, hasta el borde mojado de mi cántaro. Se miraban mis labios, y eran, viva síntesis flúida, hembra, hembra, y de pronto, solamente agua, y de pronto, ni siquiera. El cristal sobre azogue de palabras, devolvía la presencia, de una boca en sabor desconocido. Desde mi ángulo diurno de cordura, me miraba brillar bajo la lámpara. Después, vuelta de aquella elevación desnuda, me descubrí tirada como un perro, con la lengua volcada a las estrellas y los dientes en polvo, y arañada toda el agua de patas imposibles; ya no estuve. Sólo tu ausencia, fue la verdad real, con gusto a sangre. Quise inclinar de nuevo, y era un ancho arenal seco, sediento, puro sol fatigado de mis brasas, era un cántaro hueco, sin oquedad siquiera, una idea de cántaro olvidada, era un nombre cabal de inexistencia. Y aquí, en la maraña, que quiso dejar a modo de testimonio el viento, estoy; mis dos brazos cubriéndome la cara, así me encuentras.