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Bar (II)

Es esa frontera, eso insalvable en los pliegues, en las cavernas, en los sitios extenuados de la sola nostalgia. Hoy es la cansada carne y su fisura, la proporción hechizada de la noche, la abundancia negra de mis dientes. Cansado de robarle las uñas a la nada, veo las manzanas rotas, veo lo blanco y lo negro, veo quieto otro minuto amarillo. Ya lo demás es una gaseosa de significantes, una imprecisión que se derrumba antes, a la hora tremenda del hielo. Yo, penumbra pobre, aliento de sinuosidades, compruebo el gemido, el veneno estruendoso de mi dicha de vidrio. Caballos rojos golpean el cuerpo del bar, la substancia quizá de este delirio. Hoy un perro negro me aguarda a la salida del suelo, y los recipientes de luna ya vienen heridos, ya lastiamdas las conchas negras de alcohol aproximado. Compruebo mi bautizado dolor de pies innumerables. Es tanta la tentación de tirarse al espejo, el deseo de entrar a la almohada... No quiero excavar más en el fango de esa foto, en la encía de los meseros pornográficos, en otro bigote de baladas vomitadas. Me gustarái mostrar mi piedra, hoy parda pieda aprisionada en la clara garganta del vaso. Pero eta luz inaudible de besos pisoteados obscurece el sentido de esta noche, su definición verdadera, mientras sin duda alguien tose, atrás tose otro estremcido, y otro niño lento escoge su muerte.