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Habla la nieve

Mi vida cristalina es azahar y mortaja. Yo soy la inaccesible peregrina que muere cuando baja. Soy un silencio grave, soy ala en agonía. No hay quién la hiel de mi pureza lave. Soy la melancolía. Soy la única, la sola, condenada a posar sobre la cumbre cuya serenidad augusta viola, con sutil pesadumbre, mi beso que su flanco desmorona y su línea pervierte, mi beso que corona con sudario de muerte. De la línea dormida de pasiones que fueron, en la ondulante y secular caída del mago ventisquero, resbala con isócrona armonía, en la trémula gota, el ansia de los días que del silencio de mi forma brota. Tiembla y vacila su virtud serena, suspensa ante el horror del precipicio, cual una casta pena en la noche del vicio. Música de mujer hay en la fuente y va cantante hacia el dolor futuro, envuelto por la bruma del poniente, insaciable y oscuro.