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Calígula

Es la hora que más odias, cuando la tarde cae como si se desplomara del tejado. Lobregueces rastreras corren bajo tus pies y sientes que eso que pasa enfriándote la cara no es el viento. Comienzas a oír voces que nadie más oye. Crees ver centuriones de niebla entre la niebla, manos que flotan, lenguas arrancadas, y disolverse en la noche la tediosa muralla que te aísla. Tu sombra acobardada te precede por los polvorientos salones del palacio. Y llegas a tu lecho en los hostiles dormitorios sabiendo que allí sólo te aguardan sueños enemigos. Sueños con dientes sin fatiga, puntuales, pertinaces como la oscura rata que noche a noche roe en las tablas del piso.

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