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La ira de Dios

Si el corazón como un durazno seco y sin vitales sabias, y el verano, como un buitre que sin cesar golpea las puertas del destino para recordarnos, que sólo sombras errantes somos, recuerdos de un pasado aferrado a la pequeña inmortalidad del deseo (ser no es querer perseverar en su ser Spinoza, no), sino desaparecer, trasponiendo umbrales, ir más allá, del otro lado, porqué siempre existe lo abierto y el vuelo de lo abierto -lo sabe el pájaro, si, lo sabe-, y el deseo jugando en ese espacio, también abierto de otra memoria más profunda que esta. ¡Ay Thanatos! Si Eros quiere profundidad aún en tus pasadizos y sombras, por lo que preferimos pasar, y contemplar admirados a la doncella de rizos de oro, sonriendo bajo las aguas y los saucos, ofreciéndonos el cáliz del olvido, abriéndonos las puertas a los cielos más leves y a los aires más puros, mientras dos ángeles nos sostienen junto al abismo que ya no abismo sino caer levísimos hacia arriba, mientras los dioses nos sonríen, a través de la pequeñísima 'inmortalidad' del deseo donde se disgrega el ser y el tiempo deja caer sus dardos sobre nuestras almas.