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El indio y el violín

Cuando Mondoy toca el violín las nubes de diciembre se desmenuzan en plumas y al Este cruzan seres celestes en bandos de Calandrias de Paujiles de Jilgueros de Zorzales. Mondoy cierra los ojos y ladea la cabeza como los ciegos porque la música es una ceguera dulce una laguna de aguas azules. Por su escala bajan la siete muchachas, las madrugadoras a recoger en su red el lucero matutino ?coletea entre los juncos en el agua orillera? y Tonantzin lo toma de las agallas y lo ilumina el alba. El aliento de Tonantzin es el país ilimitado donde aletea el violín de Mondoy y gira volátil con un plumaje de palabras secretas. He oído cánticos en las cerámicas chorotegas ?ocarinas lunares de vientos lentos que levantan olas en la laguna como escamas de peces? pero no esta lluvia, no esta ternura cuando Mondoy toca el violín y llueve en Diorimo, en Diriá, en Dirita, en Nindirí. (¿Acaso no has tenido en el pecho, empapándote en música, el rostro de una mujer que llora?) Volverá, tal vez, Agosto, el opresor azuzando sus perros de fuego en la canícula. Husmean los caminos del sueño. Saben que la libertad es un vuelo. O un pensar. O un cantar cuando Mondoy toca el violín. Pero nada muere. En el aire hemos sembrado nuestras estrellas y podemos levantar el pensamiento y sostenerlo sobre el puro azul. Mondoy traza una cruz de música en la constelación del Sur. Mondoy toca el violín y nuestros pueblos indios peregrinan al lugar de la promesa. Una línea blanca marca el borde tiernísimo del horizonte. Es la hora en que bajan las siete muchachas ?las soñadoras?con sus sábanas blancas a recoger el lucero vespertino y Tonantzin lo toma entre sus brazos y escuchamos el llanto de un niño cuando Mondoy toca el violín.