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Aquí viene Nazim Hikmet

NAZIM, de las prisiones recién salido, me regaló su camisa bordada con hilos de oro rojo como su poesía. Hilos de sangre turca son sus versos, fábulas verdaderas con antigua inflexión, curvas o rectas, como alfanjes o espadas, sus clandestinos versos hechos para enfrentarse con todo el mediodía de la luz, hoy son como las armas escondidas, brillan bajo los pisos, esperan en los pozos, bajo la oscuridad impenetrable de los ojos oscuros de su pueblo. De sus prisiones vino a ser mi hermano y recorrimos juntos las nieves esteparias y la noche encendida con nuestras propias lámparas. Aquí está su retrato para que no se olvide su figura: Es alto como una torre levantada en la paz de las praderas y arriba dos ventanas: sus ojos con la luz de Turquía. Errantes encontramos la tierra firme bajo nuestros pies, la tierra conquistada por héroes y poetas, las calles de Moscú, la luna llena floreciendo en los muros, las muchachas que amamos, el amor que adoramos, la alegría, nuestra única secta, la esperanza total que compartimos, y más que todo una lucha de pueblos donde son una gota y otra gota, gotas del mar humano, sus versos y mis versos. Pero detrás de la alegría de Nazim hay hechos, hechos como maderos o como fundaciones de edificios. Años de silencio y presidio. Años que no lograron morder, comer, tragarse su heroica juventud. Me contaba que por más de diez años le dejaron la luz de la bombilla eléctrica toda la noche y hoy olvida cada noche, deja en la libertad aún la luz encendida. Su alegría tiene raíces negras hundidas en su patria como flor de pantanos. Por eso cuando rie, cuando ríe Nazim, Nazim Hikmet, no es como cuando ríes: es más blanca su risa, en él ríe la luna, la estrella, el vino, la tierra que no muere, todo el arroz saluda con su risa, todo su pueblo canta por su boca.