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Los constructores de estatuas (Rapa Nui)

YO soy el constructor de las estatuas. No tengo nombre. No tengo rostro. El mío se desvió hasta correr sobre la zarza y subir impregnando las piedras. Ellas tienen mi rostro petrificado, la grave soledad de mi patria, la piel de Oceanía. Nada quieren decir, nada quisieron sino nacer con todo su volumen de arena, subsistir destinadas al tiempo silencioso. Tú me preguntarás si la estatua en que tantas uñas y manos, brazos oscuros fui gastando, te reserva una sílaba del cráter, un aroma antiguo, preservado por un signo de lava? No es así, las estatuas son lo que fuimos, somos nosotros, nuestra frente que miraba las olas, nuestra materia a veces interrumpida, a veces continuada en la piedra semejante a nosotros. Otros fueron los dioses pequeños y malignos, peces, pájaros que entretuvieron la mañana, escondiendo las hachas, rompiendo la estatura de los más altos rostros que concibió la piedra. Guarden los dioses el conflicto, si lo quieren, de la cosecha postergada, y alimenten el azúcar azul de la flor en el baile. Suban ellos y bajen la llave de la harina: empapen ellos todas las sábanas nupciales con el polen mojado que imperceptible danza adentro de la roja primavera del hombre, pero hasta estas paredes, a este cráter, no vengas sino tú, pequeñito, mortal, picapedrero. Se van a consumir esta carne y la otra, la flor perecerá tal vez, sin armadura, cuando estéril aurora, polvo reseco, un día venga la muerte al cinto de la isla orgullosa, y tú, estatua, hija del hombre, quedarás mirando con los ojos vacíos que subieron desde una mano y otra de inmortales ausentes. Arañarás la tierra hasta que nazca la firmeza, hasta que caiga la sombra en la estructura como sobre una abeja colosal que devora su propia miel perdida en el tiempo infinito. Tus manos tocarán la piedra hasta labrarla dándole la energía solitaria que pueda subsistir, sin gastarse los nombres que no existen, y así desde una vida a una muerte, amarrados en el tiempo como una sola mano que ondula, elevamos la torre calcinada que duerme. La estatua que creció sobre nuestra estatura. Miradlas hoy, tocad esta materia, estos labios tienen el mismo idioma silencioso que duerme en nuestra muerte, y esta cicatriz arenosa, que el mar y el tiempo como lobos han lamido, eran parte de un rostro que no fue derribado, punto de un ser, racimo que derrotó cenizas. Así nacieron, fueron vidas que labraron su propia celda dura, su panal en la piedra. Y esta mirada tiene más arena que el tiempo. Más silencio que toda la muerte en su colmena. Fueron la miel de un grave designio que habitaba la luz deslumbradora que hoy resbala en la piedra.