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Los hombres y las islas

LOS hombres oceánicos despertaron, cantaban las aguas en las islas, de piedra en piedra verde: las doncellas textiles cruzaban el recinto en que el fuego y la lluvia entrelazados procreaban diademas y tambores. La luna melanésica fue una dura madrépora, las flores azufradas venían del océano, las hijas de la tierra temblaban como olas en el viento nupcial de las palmeras y entraron a la carne los arpones persiguiendo las vidas de la espuma. Canoas balanceadas en el día desierto, desde las islas como puntos de polen hacia la metálica masa de América nocturna: diminutas estrellas sin nombre, perfumadas como manantiales secretos, rebosantes de plumas y corales, cuando los ojos oceánicos descubrieron la altura sombría de la costa del cobre, la escarpada torre de nieve, y los hombres de arcilla vieron bailar los estandartes húmedos y los ágiles hijos atmosféricos de la remota soledad marina, llegó la rama del azahar perdido, vino el viento de la magnolia oceánica, la dulzura del acicate azul en las caderas, el beso de las islas sin metales, puras como la miel desordenada, sonoras como sábanas del cielo.