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Madrid (1936)

MADRID sola y solemne, julio te sorprendió con tu alegría de panal pobre: clara era tu calle, claro era tu sueno. Un hipo negro de generales, una ola de sotanas rabiosas rompió entre tus rodillas sus cenagales aguas, sus ríos de gargajo. Con los ojos heridos todavía de sueño, con escopeta y piedras, Madrid, recién herida, te defendiste. Corrías por las calles dejando estelas de tu santa sangre, reuniendo y llamando con una voz de océano, con un rostro cambiado para siempre por la luz de la sangre, como una vengadora montaña, como una silbante estrella de cuchillos. Cuando en los tenebrosos cuarteles, cuando en las sacristías de la traición entró tu espada ardiendo, no hubo sino silencio de amanecer, no hubo sino tu paso de banderas, y una honorable gota de sangre en tu sonrisa.