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Melancolía en las familias

Conservo un frasco azul, dentro de él una oreja y un retrato: cuando la noche obliga a las plumas del búho, cuando el ronco cerezo se destroza los labios y amenaza con cáscaras que el viento del océano a menudo perfora, yo sé que hay grandes extensiones hundidas, cuarzo en lingotes, cieno, aguas azules para una batalla, mucho silencio, muchas vetas de retrocesos y alcanfores, cosas caídas, medallas, ternuras, paracaídas, besos. No es sino el paso de un día hacia otro, una sola botella andando por los mares, y un comedor adonde llegan rosas, un comedor abandonado como una espina: me refiero a una copa trizada, a una cortina, al fondo de una sala desierta por donde pasa un río arrastrando las piedras. Es una casa situada en los cimientos de la lluvia, una casa de dos pisos con ventanas obligatorias y enredaderas estrictamente fieles. Voy por las tardes, llego lleno de lodo y muerte, arrastando la tierra y sus raíces, y su vaga barriga en donde duermen cadáveres con trigo, metales, elefantes derrumbados. Pero por sobre todo hay un terrible, un terrible comedor abandonado, con las alcuzas rotas y el vinagre corriendo debajo de las sillas, un rayo detenido de la luna, algo oscuro, y me busco una comparación dentro de mí: tal vez es una tienda rodeada por el mar y paños rotos goteando salmuera. Es sólo un comedor abandonado, y alrededor hay extensiones, fábricas sumergidas, maderas que sólo yo conozco, porque estoy triste y viajo, y conozco la tierra, y estoy triste.