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Oda a la pereza

Ayer sentí que la oda no subía del suelo. Era hora, debía por lo menos mostrar una hoja verde. Rasqué la tierra: ?Sube, hermana oda -le dije- te tengo prometida, no me tengas miedo, no voy a triturarte, oda de cuatro hojas, oda de cuatro manos, tomarás té conmigo. Sube, te voy a coronar entre las odas, saldremos juntos, por la orilla del mar, en bicicleta. Fue inútil. Entonces, en lo alto de los pinos, la pereza apareció desnuda, me llevó deslumbrado y soñoliento, me descubrió en la arena pequeños trozos rotos de sustancias oceánicas, maderas, algas, piedras, plumas de algas marinas. Busqué sin encontrar ágatas amarillas. El mar llenaba los espacios desmoronando torres, invadiendo las costas de mi patria, avanzando sucesivas catástrofes de espuma. Sola en la arena abría un rayo una corola. Vi cruzar los petreles plateados y como cruces negras los cormoranes clavados en las rocas. Liberté una abeja que agonizaba en un velo de araña, metí una piedrecita en un bolsillo, era suave, suavísima como un pecho de un pájaro, mientras tanto en la costa, toda la tarde, lucharon sol y niebla. A veces la niebla se impregnaba de luz como un topacio, otras veces caía un rayo de sol húmedo dejando caer gotas amarillas. En la noche, pensando en los deberes de mi oda fugitiva, me saqué los zapatos junto al fuego, resbaló arena de ellos y pronto fui quedándome dormido.