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Oda a un reloj en la noche

En la noche, en tu mano brilló como luciérnaga mi reloj. Oí su cuerda: como un susurro seco salía de tu mano invisible. Tu mano entonces volvió a mi pecho oscuro a recoger mi sueño y su latido. El reloj siguió cortando el tiempo con su pequeña sierra. Como en un bosque caen fragmentos de madera, mínimas gotas, trozos de ramajes o nidos, sin que cambie el silencio, sin que la fresca oscuridad termine, así siguió el reloj cortando desde tu mano invisible, tiempo, tiempo, y cayeron minutos como hojas, fibras de tiempo roto, pequeñas plumas negras. Como en el bosque olíamos raíces, el agua en algún sitio desprendía una gotera gruesa como una uva mojada. Un pequeño molino molía noche, la sombra susurraba cayendo de tu mano y llenaba la tierra. Polvo, tierra, distancia molía y molía mi reloj en la noche, desde tu mano. Yo puse mi brazo bajo tu cuello invisible, bajo su peso tibio, y en mi mano cayó el tiempo, la noche, pequeños ruidos de madera y de bosque, de noche dividida, de fragmentos de sombra, de agua que cae y cae: entonces cayó el sueño desde el reloj y desde tus dos manos dormidas, cayó como agua oscura de los bosques, del reloj a tu cuerpo, de ti hacia los países, agua oscura, tiempo que cae y corre adentro de nosotros. Y así fue aquella noche, sombra y espacio, tierra y tiempo, algo que corre y cae y pasa. Y así todas las noches van por la tierra, no dejan sino un vago aroma negro, cae una hoja, una gota en la tierra apaga su sonido, duerme el bosque, las aguas, las praderas, las campanas, los ojos. Te oigo y respiras, amor mío, dormimos.