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Testamento (II)

DEJO mis viejos libros, recogidos en rincones del mundo, venerados en su tipografía majestuosa, a los nuevos poetas de América, a los que un día hilarán en el ronco telar interrumpido las significaciones de mañana. Ellos habrán nacido cuando el agreste puño de leñadores muertos y mineros haya dado una vida innumerable para limpiar la catedral torcida, el grano desquiciado, el filamento que enredó nuestras ávidas llanuras. Toquen ellos infierno, este pasado que aplastó los diamantes, y defiendan los mundos cereales de su canto, lo que nació en el árbol del martirio. Sobre los huesos de caciques, lejos de nuestra herencia traicionada, en pleno aire de pueblos que caminan solos, ellos van a poblar el estatuto de un largo sufrimiento victorioso. Que amen como yo amé mi Manrique, mi Góngora, mi Garcilaso, mi Quevedo: fueron titánicos guardianes, armaduras de platino y nevada transparencia, que me enseñaron el rigor, y busquen en mi Lautréamont viejos lamentos entre pestilenciales agonías. Que en Maiakovsky vean cómo ascendió la estrella y cómo de sus rayos nacieron las espigas.