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Primera visión de marzo (I)

¡Transmutación! El mar, como un jilguero, vivió en las enramadas. Sangre, dime, repetida en los pulsos, que es verdad el color de la magnolia, el grito del ánadde a lo lejos, la espada en mi cintura como estatua o dios muerto, bailarín de teatro. ¿No me mentís? Sabría apenas alzar lámparas, biombos, horcas de nieve o llama en esta vida tan ajena y tan mía, así interpuesta como en engaño o arte, mas por quién o por qué misericordia? Yo fui el que estuvo en este otro jardín ya no cierto, y el mar hecho ceniza fingió en mis ojos su estremecimiento y su vibrar de aletas, súbitamente extáticas cuando el viento cambió y otras voces venían - ¿desde aquella terraza? - en vez de las antiguas, color de helecho y púrpura, armadura en el agua. Tanto poema escrito en unos meses, tanta historia sin nombre ni color ni sonido, tanta mano olvidada como musgo en la arena, tantos días de invierno que perdí y reconquisto sobre este mismo círculo y este papel morado. No hay pantalla o visera, no hay trasluz ni éstas son sombras de linterna mágica: cal surca el rostro del guerrero, roen urracas o armadillos el encaje de los claustros. Yo estuve una mañana, casi hurtada al presuroso viaje: tamizaban la luz sus calados de piedra, y las estatuas - soñadas desde niño - imponían su fulgor inanimado como limón o esfera al visitante. Visión, sueño yo mismo, contemplaba la estatua en un silencio hecho sólo de memoria, cristal o piedra tallada pero frío en las yemas, ascendiendo como un lento amarillo sobre el aire en tensión. Hacia otro, hacia otra vida, desde mi vida, en el común artificio o rutina con que se hace un poema, un largo poema y su gruesa artillería, sin misterio, ni apenas este sordo conjuro que organiza palabras o fluctúa de una a otra, vivo en su contradicción. Interminablemente, mar, supe de ti: gaviotas a lo lejos se volvían espuma, y ella misma era una larga línea donde alcanzan los ojos: unidad. Y en el agua van y vienen tritones y quimeras, pero es más fácil decir que vivo en ella y que mi historia se relata en su pálido lenguaje. Pentagrama marino, arquitectónico, qué lejano a este instante muerto bajo la mesa, al sol en la pecera y el ámbar en los labios, a la lengua de cáñamo que de pronto ayer tuve. Interiormente llamo o ilumino esferas del pasado y me sé tan distinto como se puede ser siendo uno mismo y pienso en el mejor final para este raro poema empezado al azar una tarde de marzo.