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Lluvia después de mi caída

Cae lluvia mía, tres días y tres noches, lluvia mía. Cae como trueno sobre los ojos de los desgraciados. Cae lluvia sobre las calles de París, por estas que camino, enlodado hasta mis codos. Cae para que arrastres en tu piel la miseria que todos respiramos. Cae para sentir fresca la mañana. Cae para que vuelvan a sonar los ríos, para que se abran las noches, para que yo vuelva a mirar los ojos de la gente y mis hombros soporten sin dolor la pena, esta cosa que veo en cada pecho, hoy que camino entre dudas por esta orilla. Cae humana lluvia para borrar mis huellas y mi nombre, para cerrar mis ojos a la historia. Cae lluvia mía como un recuerdo no vivido, como un sueño tanto tiempo ya esperado, como tierna melodía en este viaje. Cae lluvia mía para abrazar tu piel cuando me mojes gota a gota. Cae para limpiar el aire oscuro, aquel que brilla detrás de cada puerta. Cae como una enfurecida ola, para limpiar mis ojos y las sombras de mis ojos. Aquí te espero junto a una piedra, desde aquí te veré llegar, como un divino laberinto, abrazando entre las ramas las noches que acogieron a mis ojos. No más oreja ni ojo en el umbral de mi caída, ni palabras que me hieran como espadas. Borrar quisiera las nubes de mis ojos. Alejar quisiera la pena de los desgraciados. Allá van como sombras sin destino. Por allí asoman sus flacos rostros desamados a la aurora que vuelve a despertar sus ojos. Seres que del sol vienen huyendo. Seres que la lluvia acoge como hijos. Almas que florecerán en alguna parte. Ríos que irrigarán otros amores olvidados. Cae lluvia para incendiar mi pecho. Cae lluvia mía, tres noches y sus días, para sentirte cuando duermo agotado, sin mirar por la ventana, el sol que nunca llegará. Sólo tú, lluvia mía, conducirás los recuerdos de los desgraciados por los más estrechos caminos que te ofrecerá el viento miserable. No son sólo lágrimas lo que del cielo nos ofrece la desventura, es también la pena, de una voz que nadie escucha. Pero tú, lluvia que te posas en mis ojos como un sueño, lluvia que fecundas la tierra sin dolor, lluvia, sustento de todo lo que existe, llévate esta pena como herencia de todo lo vivido. Lluvia, alma de mis ojos en la noche. Lluvia, peregrina del desierto, cae como un rayo en mi camino, cae y vuelve a caer, para sentir el olor de la tierra, para sentir el frescor olvidado de la hierba, el sonido de cada paso que damos en la duda. Cae sobre las noches que imploran en secreto, las voces de los desgraciados, aquellos que sueñan con un árbol, aquellos que nunca han sido amados, aquellos que en la mirada llevan una herida. Húndete en la piel de cada cosa, en cada cosa imaginada, en cada piel meditabunda. Pero cae sobre los bosques, sobre los cristales de los bosques para oírte cuando pases y humedecer mi rostro en el camino. Allá van distanciadas unas de otras las voces de los desgraciados repitiendo sus nombres en los valles como lamentos de almas penitentes. Cae por ellos, lluvia mía para acompañar su silencio y su dolor entre tanto ruido que hace la despiadada gente. Cae lluvia mía. Cae como un milagro, tres días y tres noches, Lluvia mía. París: 4/4/0

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