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No escribir

Digo No escribir y conspiro con la ausencia real donde algunos años se plegaron a otro origen de la melancolía: darme pereza seguir buscando el gemido de la creación, darme rubor volver a sembrarme el cereal que después la mano, dicen, podría cortar bajo los cielos. Preferí olvidar palabra, instinto de palabra, su oración por las sienes, cauce que iba a devorarme si no olvidaba bien la carne blanca sobre la que ahora vuelvo. Pero escribía en la calle. Dictaba todo lo posible entre el aire, sin sabiduría y encontré una suerte de vivir de andamio puro, solitario, hasta hacerme con el torreón de otro conocimiento. Si viene ahora un poema es porque nunca ha sido difícil obtenerlo, entonces nunca, me digo, tracé poesía y el oro de la escritura nacerá de lo insignificante y más humano aire a punto siempre de olvidarse y perderse. Extractar el paraíso ya no es aventura para mí en la creación de las sombras bien sangradas. Sólo me interesa un puente de inocencia, de salvación dormida, el humo que no nacerá humo, la velocidad silente en el alma de los días que no pueden conquistar un verso. En la llanura del cielo preferido ya, vivir sin ambición de más paisaje que el interior y su conjunto, numérico también, como este viento circular de hiedra en el altar de una soledad perfecta. Quebrarla pertenece a la poesía. Ese fue el gran error de la inteligencia. El error de los muebles que ocupan su sitio, el madrugar de los pájaros y dejar colocadas sus estrellas para mañana, el agua, el agua atrevida de los mortales que alargan la mano para construir un verso. Extractar el paraíso, aunque no me creáis, ya no es aventura para mí en la creación de las sombras bien sangradas. Pues en el solar de ellas está el mundo