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Poema.es

Café y cigarrillos

Salgo del trabajo. Los huesos, el cuerpo entero dulcemente dolorido, como -a veces- después de un polvo de los buenos. La luna, sajada en dos pedazos, me recuerda el ojo ese famoso de Buñuel, asomada un tanto tenebrosamente por encima de los árboles. El coche no me arranca. El parabrisas es una roca enorme y congelada. Así que vuelvo a casa andando, velado el claqueteo de mis pasos por la luna, la cabeza llena de café caliente y cigarrillos. Llego al portal y me detengo, soplándome en las manos, bajo el arco de luz que proyecta la ventana sobre el hielo, la hierba sucia y abrasada. Y al otro lado de esa luz te encuentras tú. Y es que un hombre necesita en esta vida otras cosas que no sean lunas surrealistas, coches, oscuras películas de Luis Buñuel.