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El Cristo de Temaca (III)

¡Oh, mi roca!... ¡La que me pone con la mente inquieta, la que alumbró mis sueños de poeta, la que, al tocar mi Cristo, el cielo toca! Si tantas veces te canté de bruces, premia mi fe de soñador, que has visto, alumbrándome el alma con las luces que salen de las llagas de tu Cristo. Oh dulces ojos, ojos celestiales que amor provocan y piedad respiran; ojos que, muertos y sin luz, son tales que hacen beber el cielo cuando miran. Como desde la roca en que os he visto, de esa suerte, en la suprema angustia de la muerte sobre el bardo alumbrad, Ojos de Cristo.