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Ripios para un amigo y tres viejos maestros

Es de noche hace rato y ha llovido en un Madrid dormido y otoñal. En cada gota del cristal se refleja mi lámpara y me reflejo yo, y un rincón de este cuarto y del buró que fue de Valentín, y este muerto papel en el que escribo se refleja también como un recibo donde llevo las cuentas de mi soleen. El cielo de mi calle iluminado y rosa también abre un lugar de este reflejo, parecido a la boca de una fosa que besara la muerte en un espejo. Son ya las nueve, y llueve. Que nadie te sorprenda preocupado por saber si esta lluvia es muy distinta de la que vio Unamuno una vez en Bilbao, negra como la tinta o aquella que hace un siglo a Pimentel en Lugo tanto al hombre le plugo, o la suya, que vio en París Verlaine, del color de los charcos o de los tristes barcos o cual adiós que nos arranca un tren. Tampoco te preocupe saber si este poema antes que aquí se ha escrito. No es esa la cuestión ni es el problema. No quieras ser maldito. Busca, por el contrario, las fuentes de Unamuno, Verlaine y Pimentel. Busca en ellos la hiel. Busca su miel. Que la lluvia de entonces llora ahora en sus tumbas. Es dulce y es amarga y eternamente interminable y larga. Es la lluvia de siempre. La actual. Que en lo tocante a lluvias es un absurdo ser original.