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Virgen del camino

Estas noches de invierno hace frío en la casa, los techos son muy altos y las paredes viejas, cierran mal los balcones y la ventisca entra hasta la misma cama donde espero a que me venza el sueño y a que el sueño me arrebate de golpe el libro de las manos, y así, sobresaltado, me despierto en medio de las sombras. Y es entonces cuando comienzo un rito, un viejo rito íntimo, igual todas las noches: rezo un avemaría mentalmente. Durante muchos años esto me avergonzaba. ?Qué buscas?, me decía, ?en oración tan simple. Eres un hombre ya, no crees mucho que el destino del hombre obedezca a unas leyes divinas ni que el orbe, engastado de estrellas en las ruedas del sol y de la luna sea maquinaria de un reloj, al que un ser bondadoso da cuerda cada noche en su vasto castillo, esa vieja mansión que Nietzsche llamó Nada y Bergson llamó Tiempo. Es tarde para ti, me digo. Déjale esa oración a otros, a tus hijos tal vez, ignorantes aún de lo que sean las palabras antiguas del arcángel que anunciaron el Verbo y su silencio en misterioso griego, según cuenta San Lucas. No pienses otra cosa. Estás cansado. Ya es bastante de un día conocer su final y conocerlo en paz. Deja, pues, de rezar. Ese viático no puedes usurparlo, porque, di, ¿de qué te serviría? De qué sirve una llave de la que no sabemos a dónde pertenece?. Son razones que habré dicho mil veces, pero al llegar la noche, me acuerdo de otras noches y el frío de mis pies entre las sábanas es un frío de infancia, de internado, cuando oía a mi lado el dulce respirar en otras camas, y en el cristal la escarcha. Y al recordar aquellas ya lejanas noches de la meseta, tan largas, oscuras y sin fondo, recuerdo las palabras de los frailes: ?La Virgen del Camino guiará vuestros pasos donde quiera que estéis: No dejéis de rezarle y el camino no será tan difícil. Será para vosotros linterna en alta mar o una noche de luna?. Y recuerdo que yo, para dormirme, imaginaba, acurrucado, debajo de las mantas que pesaban pero que calentaban poco, sin moverme siquiera de la parte más tibia que había caldeado con esfuerzo, incluso con mi aliento, imaginaba, digo, qué sería de mí, y qué lejanos mares habría de cruzar, qué extrañas tierras. Otras veces pensaba si la muerte habría de llegarme como a aquél que labrando un buen día su viña, ni siquiera de recoger su manto tuvo tiempo, o en medio de una fiesta, o en el sueño? Al llegar a este punto recuerdo que temblaba y pensaba en mi Virgen, de modo que mis labios desgranaban aquel Ave María, gratia plena con el que yo me hacía un lecho de hojas secas, y luego me dormía?para llegar muchos años después, a noches como ésta, noches frías de invierno donde a solas conmigo voy pensando y dejando en mi boca, una a una, las palabras antiguas de la Salutación, como si fueran el óbolo que habrá de franquearme los portales del manto hospitalario que unos llamaron Tiempo y otros llamaron Nada.