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Quesia

Era mansa, algo necia y se aovillaba casi reciennacida en la caja de dulces con un retal de fieltro a guisa de colchón. Luego exploró la casa miedo a miedo hasta imponer su ley a las butacas. Acabó en trapecista y más de dos estores hubo que desechar. Su estilo dio en precioso y el reiterado tufo de tanta deyección sólo era condonado al recortarse, regia, contra el cegante murallón de junio. Entonces me miraba, lamiéndose una pata y brotaban dos chispas cinabrio por sus ojos con las que suponía zanjado el incidente. Pero no pudo ser. Y nadie me lo dijo. De modo que una tarde, al volver del trabajo, hambriento y blasfemando como siempre, rastreé cual apache por suelos y guaridas. Pero no podía ser, ya me habían advertido. Y me senté en mi silla y me perdí en lo alto y allí, tal vez me admitan -no sin pagar el diezmo- al limbo estornudante de los gatos.