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Monólogo con Mozart en tarde de lluvia

Quiero decirte, Wolfgang Amadeus, hermoso y fiel amigo, que esta tarde de lluvia me han hablado todos tus violoncelos: comentaban aquellos viejos días de salitre tan ebrios en la ausencia, tan repletos de arena y soledades, tan siempre regresados. Quiero decirte, Wolfgang Amadeus, ángel truncado en vuelo, que tu voz se me enreda entre los ojos como una hiedra lenta y me retorna a infancias melancólicas, a cansadas esquinas, a horizontes que jamás se me alzaron, a las sombras de olivos sin ternura en las desiertas sendas. Quiero decirte, Wolfgang Amadeus, alegre compañero, que te sientes aquí, junto a nosotros, en este exilio de paredes blancas que hemos ido naciendo entre poemas para volver a ser más puros, quizá para volver a ser, tan sólo. Ponte cómodo, hermano, toma un vaso de vino, bebe, canta, que esta tarde de lluvia no hay tristeza que nos pueda rendir, aunque algún clavicémbalo nos hiera las perdidas memorias, los espejos de lejano mirar. Sólo quiero decirte, Wolfgang Amadeus, alondra de esta casa, que resumes el tiempo en nuestras sienes, que tus alas nos cubren para tomar el pulso a las mañanas, que nuestra torpe lluvia se diluye como el humo olvidado de un mal sueño al escuchar tu luz.