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Retrato en amatista

Dices muerte, y en tu palabra asoma la cicatriz, el hielo, la plenitud solemne de algún muro que nunca sabrá nadie dónde fue construido, qué jardines oculta, qué regiones ardidas aprisiona. A su conjuro acuden los pájaros más tristes, se posan en tus manos y derraman sus cánticos de luna sobre tu piel que nace cada día. Siempre vence lo oscuro: el grito de la ausencia, con su herida tan honda y rescatada, las pequeñas memorias que el viento disemina como humildes cenizas, la serpiente del frío con sus ojos abiertos de carcoma. Pero la muerte tiene sus anchas claridades, universos de ámbar, playas inagotables de arenas como estrellas donde el sol es más justo y el mar lleva en sus alas un perfume de inaccesibles rosas que imanta y enamora. ¡Ah, su limpio lenguaje, su mirada de madre cuando entorna la vida entre sus brazos, su sonrisa tan pura y duradera! Todo en ella es silencio, prudente caminar entre los árboles, pradera, junco, sueño, cauce, vuelo de abejas, lentísima esperanza. Triunfa desde todas las sombras, pero guarda sus cálidos secretos en la hermosa amatista de sus labios. ¿Y después? ¿Y después?... La duda es una música que lame nuestras médulas con sus garfios de sangre: Quizás sólo la noche. Quizás un ancho río de orillas serenísimas. Quizás una dolida, inmóvil carcajada.