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Poema.es

Un balcón

Tomás tiene dos años, vive en Buenos Aires en un exiguo Dpto. de la calle Defensa. Cuando llegó al campo dijo: "¡balcón, mamá, balcón!" El campo como un balcón infinito, con sus terrones azules y sus pastos infinitos, con sus perfumes y sabores infinitos y los enormes perros, los cañones enterrados, las esfinges de piedra entre los abedules y la casa de noche con su galería encendida, su resplandor de arroz en la humedad de noche de caza acuática, rosada Pero llegamos casi al mediodía. Los árboles arrojaban de sus copas ácidos sagrados: la untuosa fragancia de los verdes vacíos la luz en rayas frases de los gnomos silenciosos, en los baldíos inesperados, en los incendios donde recorren niños bajo el crujir del sol las cenizas que al llegar nos miraban... Debería insistir. Nos esperaban las flores dispuestas en los candelabros de hielo, las bolas de nieve siempre nunca tan blancas sino ligeramente verdes y aplastadas al tapiz donde cruzan un río niños chinos cotorras y cacatúas petrificadas, lavadas en azul, los picos rojos, las crestas como moños de niñas embalsamadas -¿Puedo fumar? -dijo Alicia Y así comenzaron a reir los comensales Tomás invadía la mesa. Jaime lo mimaba. Tomás invadía lentamente las cosas indiferentes y las muequeantes salas, los retratos, del comedor los retratos, las pinturas, las piedras bajo la estufa, los preciosos vacíos, caracoles, y los ojos de Pupa, saltones y verdes como de libélula espantada. Las voces italianas, francesas, el inglés de los huesos de las tentadoras comidas, sustancias almibaradas Arturito comía y comía levantando sistemáticamente su ceja casi postiza y el rabillo ciliado, el cristalino visor camaleónico y el ojillo esmerilado Sonar, radar del ojo Y la nodriza elemental que allí guiñaba Arturito sin escribir nada. Hundido en los espejos. Tendía el puente colgante de una complicidad con ibis; pájaros y picos que picoteaban el vidrio; el vitral del goce; goce... En sobremesa más pequeña, redonda, y sobre sillones de mimbre enfundados, chillones, Jaime (50 años) se arrojó sobre Tomás que se reía. Los rulos de la ceniza de oro en la luz y los ojitos sombríos: fuertemente iluminados por otros ojazos que de adentro salían más locos, chorrera de millones, hipnotizados niños, celestiales, amarillos, verdes, el mar junto a un gato zarco: y las manitas aferradas a ese tumulto de falsas imágenes: las mismas que leo: las velocísimas cruzadas por umbrales y a la risa las manos de Jaime, otra vez, "Aquí, aquí" -decía. Le hacía cosquillas en el pitito, en las ingles, la pancita... "Aquí, aquí" -decía. "Esto es la realidad. Esto es la vida. Esto". Y señalaba acariciándole la espalda al niñito que reía felicísimo, "Está vivo, viviente..." -repitió, corrigió. "Todo esto es la realidad" -repitió una vez más y ajeno a todo estímulo y a toda realidad gimió: "¡Viva!" Un frío me recorrió ¿la médula? Y me hundí un poquito en el crujido de mimbre. Tuve un raro pudor ante tanto reconocimiento. Una nostalgia muy pueril y pétrea me oprimía. Y siguió murmurando, para su cabeza y la mía (no recuerdo, no ví lo que hacían los otros convidados...) murmurando entre cortadas tiras un pensamiento célibre, agudo, agrio, triste, sutil entre los escombros de las palabras que metía, y acaso harto triviales para él, que acaso todo lo concebía (la apreciación es mía) como Belleza: una aristocracia de la cultura... Nini miraba en Vogue los Rolls Royce japoneses. Jaime pudo saltar de pronto, desprenderse, y cayó como una brasa en la palma de un ciego: "Son japoneses, y uno debería entrar y hacer ¡Tac! Y quedar sentado en ellos". Las rimas internas, ía, ía La pura monotonía de nuestra enorme desdicha. Enorme desdicha usada como se "usa" el cuerpo. Jaime y Nini que hablaban dándose la espalda, súbitamente pálidos, como adultos siameses. Que decían y amaban con cascabeles e improntus de otros idiomas de otras lenguas, sus chistes, lapsus y bacanales, festines desnudos con guiños y muchas mímicas y acertijos cruzados, rebus, donde cortaban pequeñas imágenes las brevísimas encantadas, conductas fuga- císimas o historiolas de la historiola del Arte: que leer a Gide o Dostoievsky, aburría hoy. que una obra alcanza el apogeo de su trascendencia en la misma época en que "trasciende". No va más allá. ¡No estoy de acuerdo! -dijo Nini. Yo ante un Donatello... Y me miró guiñando... Y Jaime se atrevió a decir: "En todo caso, acepto hoy, la vigencia de los arcaísmos." "Sos tarada -prosiguió- si te embelesás con el Quijote: está escrito en un pésimo castellano. No obstante, Shakespeare... -dudó-. "vengan -dijo-: en mi cuarto tengo todo lo más arcaico que amo, y todo lo que deseo." Atravesamos una biblioteca escarlata: los dos escritorios vestidos, de brocato escarlata. Cortinados es- carlata. Los libros encuadernados color escarlata. Toda la estética de la pieza se desmoronaba ante una chimenea cuasi barroca, de piedra peinada, herencia de unos huéspedes arquitectos benedictinos. -Es horrible -dijo Jaime-. Es del mismo autor de San Benito, en Belgrano. Los pájaros estrenduosos en el silencio nublado de la siesta. Nos alejamos con Alicia hacia una porqueriza donde gozaban a los gritos dos animales pintados o disimulados, los hocicos y los flancos erizados de barro. Hablábamos con Alicia, de los mosquitos, que nos picaban, y en ese ardor y sopor, de envenenados, todas las cursile- rías de la ética y estética improbables de los matrimonios... Hacía 4 meses que ambos, por distintos motivos, de nuestros amantes nos veíamos separados. Tristezas y terrores, asperezas y esperanzas, odiosos ojos y dudosas aserciones, acechanzas de lo venidero como una epopeya inmóvil bajo ámbar del deseo. Invasora jerga de nuestra suspendida cháchara también inmóvil. Y la naturaleza como una alfombra voladora detenida: balcón para las cinco mil Hetairas que nos amedrentaban con sus vaselinas y arpas y ese kool para cuervos en la laguna fosca. De agua amarga. Pupa -la condesa veneciana que se casó con Jaime -me pregunta al servirme una presa de pollo: "¿Prefiere negro o blanco?" Blanco, dije, estimulado por mi lectura de la mañana. Y ella agregó: "Claro, como buen descendiente de italianos, gusta el blanco de pollo." Señalando la carcaza dorada y crocante del resto, Nini exclamó: "Yo amo, fijate, el negro". Y añadió mirando fijamente el dorado del plato: "¡Parece un transatlántico!" El campo no. Ya. El mundo. Océanos. Las palomicas no. Ya. Las cigüeñas y las garzas plateadas. Las calandrias tampoco. Los ruiseñores al alba. ¿Se despierta, Pupa, entre ruiseñores? No sé -dice Jaime-, si todavía quedan. Los he escuchado. Preciosos, ¿no? Nini con su dulzura habitual nos trae el desayuno a la cama. Alicia sonríe. Tomás refunfuña. Me despierto a las risas. Toda Nini invita a una noble y catártica carcajada. Desde muy temprano comienzan sus trabajos con relatos de sueños, piezas de amena conversación y ámbitos mágicos, embrujados. ¿Sarcasmos? Imágenes del placer milenario apenas ella dice: ¡Qué placer! Secreto triunfo de la risa sin que en su aspecto feliz nada de ella ridículo nos invite a reir. La simpatía crece en su boca. Su palabra nos envuelve y nos llena de estupor y sorpresa, como en el carnaval de antaño la ligera serpentina. Pero hay una palabra oscura que pasa por sus labios y va penetrando como un fruto obsceno en nuestra imaginaria boca: c o n g o j a. Pero no esta congoja que notamos una lentitud extrema en el desplazamiento del sol y que el poeta Girri, señalaba como una "cualidad" desde el tiempo... Pues si de ella aprendí las mil maneras imposibles de creer, de "esbozar", de inventar para experimentar algo que fuera el modelo o el mimo de otras congojas, ¿para quién retuve, entonces, la sordina de la imaginación? Nuestra amistad austera. Nuestra congoja agámica. El paso veloz sobre las piedras de nada parecido al sexo, ni al amor, ni al fuego de la irrisoria congoja. La urticante y nocturna congoja. La deliciosa piel de sabandija que deshace los guantes de vivísimos élitros en realidad. Y en deseo, el paso de Tomás en el balcón de la hojarasca. El oído de Minerva (la perra Dogo) y lo que de sus pisadas escucha Tomy, confundido por la infinita escala de murmullos y de alas. Y la Señora con su aire de domadora de jirafas. ¿Yo escribo en este claustro de muros encalados? El cuadro que miro dice: Doménico Theotokopuli: El Greco (1547-1614). En el espejo veo mis pies, que los mosquitos deformaron: hormas gigantescas y máquinas de planchar; esa misma ojiva metálica; las variadas y envenenadas manos tergiversadas, efímeras formas: el cuerpo el espejo El Greco. los pies. Oigo a Minerva que se arrastra por los pasillos hacia otro claustro. Alicia tose. Nini duerme. ¿Sueña Tomás? Las hojas gigantescas y los kinotos como turgentes tetillas pintadas, mojadas naranjas... Mujeres anaranjadas en los superpuestos e impalpables balcones El pingüino de yeso que Nini trajo un día del pueblo. Enano cabizbajo. Tomás lo toca. El olor lo sueña. El agua cenagosa de la pileta y acaso mi cara gorda y barbuda. Mi horrible cara gorda y mi terca sonrisa o Acaso mi sonrisa sin cara pero barbuda, suspendida allá en el claqueteo de las hojas: Arturo... El sátiro hipnotizado por las velocísimas hojas agitadas y rosigantes con sus decibeles y sus secretas acústicas ¡Oh, monjes y poetas! Nini vuela alto, lejos, en la escoba de Rauchemberg con sus pajas ornamentales. Jaime hojea Vogue y se detiene ante la contessa Marta Marzzotto, fotografata da R.Granata. Arturito lee un libro que tomó de la biblioteca luciferina: "A la sombra de los monasterios tibetanos" -un libro de Jean M. Rivière. Jaime dormita, ahora, un poco. Se sobresalta por la llegada de Tomás. En el paseo Nini repitió "embaumée" La tierra -el balcón ambomé... con todos los estiércoles, con todos los osarios de flores. Acacias, jazmines. Contó una historia de merengues y otra de profiteroles. Pupa pasa silenciosa portando en sus blanquísimas manos una llavecita y enredadas, dos pequeñas copas de cristal ahumado Forzado el ideograma de la alegría. Forzada la faz silenciosa de la memoria en este campo. El ánade canta como un ventrílocuo en un ejemplar "demasiado estudiado" de Liquid Ambar. Todo lo que ellos conocen acerca de él se va vidriando en mi resentida memoria; se va endurenciendo como un dulce que lentamente decolora, azucara, envenena. Hipóstasis de la perfección del campo en su "paz", en su melancolía focalizada... Pero de pronto yo sé que en todo este silencio no estás. No están tus movimientos secretamente envueltos en la impostura de tu papel de caramelos Y no sabemos por el sol ni por el follaje plateado en los árboles, donde tu risita se expande y envejece y donde despierta unánime tu alegría colmándome, donde tus manos en la cabeza del amigo celebran los trabajos y el amor como los días sus noches el campo. donde la obligación con sus destrezas parte de mí y te ocupa: último secreto de la luz en la tarde y último parte del secreto en mí sepultándote. Olvido, pero intermitente. De pronto tu mirada se enciende para mí iluminando cada hoja de cada rama, cada corteza de cada ramaje vacilante: los árboles: los claros ínfimos donde se abalanzan a besos las palomas la mirada extraviada en el vapor de los árboles celeste; celeste; desconociendo para mí y desconociendo todo en mí para este campo Una nueva manera de amarnos arrojados por todos los convidados incluido yo, en el secreto que ya no nos escucha que ya no retrocede que ya no hiere ¿Más?