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La fruta corrompida

A Vicente Gallego Durante un meditado desayuno, en una portentosa mañana de verano -lo gloria de un verano escolar y salvaje-, pelé la fruta lento, fervoroso. Sabía ya que el verano y la fruta son tesoros a flote de un paraíso hundido. Y cuando satisfecho la mordí, apareció su hueso descompuesto, su carne corrompida y su gusano. Para la mayor parte de este mundo, una anécdota así no es más que un accidente del mundo natural, y para otros una amarga metáfora en donde se resume la existencia. Quién sabe... Ahora recuerdo aquella noche en que me desperté confundido de un sueño en donde había agua, y encaminé mi sed a la cocina. Como un resucitado di la luz, llevé mi aturdimiento al fregadero, aproximé mis labios hasta el agua y, justo en el instante en el que fui a beber, alcé la vista y vi a la cucaracha sobre el grifo, observándome, ciega, entre los ojos. Quién sabe, otro accidente... Aquella cucaracha todavía me observa, complacida, detrás de la mirada de algún tipo, desde detrás de los absurdos límites de la podrida carne de los días.