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Donde acaba el silencio (Del I al VI)

Allá, donde los caminos se borran, Donde acaba el silencio, Invento... La mente que me concibe, La mano que me dibuja, El ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, Mi semejante... Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, Libertad que se inventa y me inventa cada día. Octavio Paz Desmayarse, atreverse, estar furioso... I Me llueve, me recorre, me derrama Mi piel en fuego líquido convierte; Me asesina, me salva de la muerte, Mi ser todo edifica y desparrama. Me besa, me abandona, me reclama, Juega a los dados con mi propia suerte. Rebelde, dócil, insumisa, fuerte: Me corta a la medida de su drama. Pero a pesar de todo, estoy segura, A pesar de distancias y despegos Que nadie más enciende su ternura. Vamos así viviendo entre dos fuegos, Fundidos en la misma quemadura Y en una sola luz dejados ciegos. II Beso la curva dulce de tu frente, La boca donde el gozo está escondido; Gruta de la palabra y el gemido Con que abreva el deseo su corriente. Beso tu barba donde se arrepiente La luz de andar por bosque renacido Y recorro el collado oscurecido De tu pecho latiendo indiferente. Beso la oculta, plácida cintura Y el breve abismo que dejó tu ombligo Sobre el vientre y su cálida llanura. De la dicha en el íntimo postigo Se me detiene el labio y su aventura Por si alargo el placer y su castigo. III Silencio de la luz, sílaba oscura, En ti el tiempo se encarna en polvo herido Y cautivos, el ojo y el oído Son el perfil del fuego y su figura. La lengua de la llama su dulzura En ti pronuncia con vocablo ardido, Y en ese beso cruel, brasa y sonido Dan al labio su goce y su tortura. Tu caricia su lengua sensitiva Afila en temerario, oculto diente Cuya espuma triunfal su ardor derriba. Y en ese frágil, taciturno puente Salva el instante la belleza viva Y en el sonido su pasión convierte. IV Vivimos en el fondo de la llama, Habitamos el círculo del fuego, Somos el sol oscuro, el ojo ciego Y el vino que su incendio desparrama. Ebriedad que conoce aquel que ama Y que hambriento agoniza sin sosiego: Heredad que persigue el andariego, Sed que en un labio oculto se derrama. Muerdo la carne que me tiene presa Y me libera con su llama viva, Fuego que anega todo lo que besa. Y el eco de mi lumbre fugitiva Hará perenne la sutil pavesa De mi carne fugaz y sucesiva. V Puente de labios, cada beso nace Y estalla, como la ola, en tu ribera; Y no hay palabra en la que quepa entera La llama en que ese vínculo se abrase. Su lengua en otro labio bebe y pace: Ascua, fuego, pavesa, lumbre, hoguera Alimentan la sed y la quimera Donde su hundido mástil arde y yace. Abandonado a su tenaz ventura, La doble luna su marea guía Que mengua y crece con su luz oscura. Y en su denuedo encuentra rauda vía Para trazar la página futura De una nueva y humana geografía VI Dame tu mano, amor, que vengo herida No de espina sin fin, sino de rosa. Dame tu mano donde el sol reposa Y brota la ternura renacida Dame tu mano: el agua embellecida Por esta sed urgente y ardorosa Con que la ausencia viene, hiere, acosa Y deja a mi razón loca y vencida. Dame tus manos, boca, pecho, frente A salvo de distancias y de olvido Que tu palabra, amor, no es suficiente. Déjame que mi tacto se haga oído, Que tu cuerpo su propio idioma invente Y lo convierta en canto sumergido. Valle de Panchoy, enero del 2001.
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