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Sobre el ángel y el hombre (II)

Ángel enamorado de la doliente casa de los hombres; criatura sin pecado que dejas, olvidado, el nombre eterno en terrenales nombres; tu escondida presencia es un fulgor que canta o que suspira; la muda confidencia se escucha en la conciencia y a veces...con el aire se respira. Proclamo tu blancura; quiero explicar espacios que no entiendo: aquí...mi luz oscura, allá...lágrima pura, y el mundo su ceguera defendiendo. Si tu mano en mi mano coge parte del río que se bebe; si la hoja y el grano del pulsante verano son en tu fino amor latido breve; prolongado latido es en mi corazón lo que despiertas; y vives recogido en mi frente o perdido por esta noche de cerradas puertas. Escucho los rumores que vienen de la pálida ribera; con mis versos menores y mis grandes amores persigo la existencia verdadera. Tu designio me obliga a encontrar el camino innominado; tu desvelo me liga a dolor y fatiga del que va con el grito desgarrado. Alumbras y sostienes; brotan dulces praderas de tu aliento; estás conmigo...vienes del soplo que mantienes en vasto y poderoso movimiento. Buscándote en mi sombra -entre el miedo de ser y de acabarme- cuando el alma te nombra, al nombrarte se asombra de que quieras oírme y ampararme. Morador de mi sueño: por tu brasa de luz, por tu alborada, este día pequeño, este fugaz empeño, son tu abismo de vida y tu posada.