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Pero también cantaste...

Pero también cantaste a las muchachas de boca roja como una ciruela; tus versos las pintaba azucaradas, en el balcón, soplando una candela. De sus mejillas se nutrió la gota, la sal y la pleamar de tus poemas. Sus ojos eran lámparas en noches cuando no había espejos ni luciérnagas. Ninguno, como tú, cantó al amor. Ninguno, como tú, les hizo bellas a las mujeres de redondos pechos, de pies pequeños, de rojizas mechas. Nombraste a todas: quién no tuvo turno en el elogio de tu voz contenta. Con dulces uvas de tu Chile amargo brindaste por la luz de sus caderas. Usaste, a veces, rosas de sus madres, geranios de sus hijas y violetas, con que alfombrando fuiste sus pisadas. Las últimas, se hicieron las primeras. Silbaste a la mujer. Silbando sigues aunque acostado y yerto en larga hierba. No dormirá tu voz, salada y larga. Ni habrán de apaciguarse tus poemas.