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Poema.es

El caracol

Cuando la brisa barría apenas las nieblas grises de la mañana y al arrastrarse por las arenas, con sus espumas como azucenas jugaba, en sueños, la mar cercana, junto a la choza de sus mayores, se despidieron los pescadores. La bruma triste los envolvía: ella gemía ¿qué haré yo ahora?... Y una gaviota revoladora oyó al marino que le decía que era su virgen, su pescadora, que no llorara, que volvería... Y como urgiera ya el tiempo: ?toma -le dijo el mozo- ya el viento asoma, la gente sale ya viene el sol...' y recogiendo del agua clara que entre las rocas la mar dejara, más armiñado que una paloma puso en sus manos un caracol: 'Que él te recuerde lo que te quiero, que oigas mis quejas en sus rumores; de cierto, vale poco dinero, pues que son pobres nuestros amores, pero es eterno su rumor suave, y aunque es humilde, su labio sabe de los remotos mares bravíos y de los mundos que voy a andar, más que tus padres y que los míos y más que el viento que habita el mar... ' Ambos lloraron: un ave inquieta graznó sobre ellos; el humo lento de las chozuelas de la caleta blanqueaba apenas, como un mal aliento; y bajo el cielo mis transparente, tras la fortuna que se ama en vano, partió el navío, rumbo a Occidente, sobre el inmenso y augusto océano. Y cuenta el viento que desde aquella mañana triste ¡fatal mañana! Acariciada por la doncella la humilde concha de porcelana, le habló en su lengua de rumoreos de viajes locos, de pechos fieles, de remembranzas y devaneos junto a la borda de los bajeles, de aves errantes que van a pares buscando albergues sobre los mares, de tempestades y de ciclones y de esos tristes besos perdidos que van con rumbos desconocidos bajo las altas constelaciones. Y el tiempo vino, silente y grave, siguiendo siempre su ruta ciega, con el misterio de aquella nave que en una extraña canción noruega lleva invisibles su casco lento bajo las brumas del mundo aquel, siempre azotada de un mismo viento con un fantasma por timonel... Y con los años la niña hermosa cuya frescura ya ajaban canas, mirando al agua desde la choza, vio marchitarse la tinta rosa de sus mejillas, antes lozanas... Aún no clareaba detrás del monte Y ya copiaban el horizonte sus grandes ojos color de mar; y en ellos iban las golondrinas, en sus revuelos de peregrinas, a ver las barcas ultramarinas que en lontananza solían cruzan. Y siempre, siempre la suspirante y humilde prenda de amor, seguía contando historias del nauta errante llenas de inmensa melancolía: ya eran nostalgias desconsoladas, en lo infinito del mar lloradas, noches de nieve que el viento azota, miserias y hambres en tierra ignota; triste cortejo que siempre avanza por esas rutas, en que sus huellas deja, guiada por las estrellas, la banda loca de la esperanza. Y el tiempo alado siguió en su vuelo, y en sus mudanzas siguió la mar, y al campo santo más de un abuelo en la caleta fue a descansar: siempre escuchando la voz lejana la pescadora tornóse anciana; barcos ignotos aves de paso ya del oriente, ya del ocaso la mar surcaban cada mañana; sólo aquel loco bajel risueño que al occidente partiera un día tras la fortuna, que es sólo un sueño, en lontananza no aparecía. Y de la concha susurradora, la amable historia, doliente asaz, seguía oyendo la pescadora vaga y distante cada vez más; la sombra triste de otros amores cruzaba a veces por sus rumores; hasta que un día trajo el destino, con los clamores de un torbellino y entre infinitos ecos perdida, la última queja del peregrino sobre una roca desconocida. Y entre las brumas de la mañana de un taciturno día de invierno sobre cuatro hombros subió la anciana, vuelta hacia el cielo la frente cana, por las colinas del sueño eterno. Dejó la tierra como paloma que abandonada su alero deja y errante sigue de loma en loma tras del amado que se le aleja... Le dio la tumba refugio blando y allí a su lado siguióle hablando junto a los mares, el caracol, del sueño eterno la eterna espera, y de ese humano vivir soñando sola y distinta dicha sincera que el hombre alcanza y alumbra el sol.