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Poema.es

Fontana cándida

Para mí, nada pido, dadme una rama de árbol, una roca, y las tendré por nido. Mi nombre, pronunciado con ánimo gentil por vuestra boca, me hará creerme amado. Evocad mi memoria al ver una luciérnaga, una estrella, y me daréis la Gloria. Pobre es mi celda, pero a veces canta o se lamenta en ella el universo entero. ¡Mi Ideal!... lo harta un perfume de yerba fresca; en la oblación de un beso su mole se consume. Llama que al cielo amaga es mi ambición... que un niño cruza ileso, y una lágrima apaga. Todo lo tengo; y, breve, cabe en un verso mi caudal: más grave es un copo de nieve. Detesto el mal, y amigo del malo soy, -mi carne bien lo sabe,- pero a mis jueces digo: Dolor me apacentara. Soy el loto que sorbe en agua impura. Su aroma y su miel clara. Mi cuerpo, con sus lodos, dejádmelo, que es mío; con su albura, mi espíritu es de todos... Y así, aspirando al cielo, y aspirando a la tierra, y aspirando a la quietud y al vuelo, en este inquieto viaje me siento derribar de cuando en cuando por el contrario oleaje. Y duermo... y en el sueño me pregunto: ¿quién soy?... ¿quién me conoce?... ¿Estoy despierto o sueño?... ¿Es crimen, es mentira el placer que me aflige?... ¿santo goce el dolor que me inspira?... Y alguien responde: acaso el ángel bueno que me guarda; el malo que me perturba el paso; Dios mismo: acaso Cristo, por la boca del lodo en que resbalo o el lirio que conquisto... Y el dictamen obscuro, bajo el aire celeste, en la vigilia, deformo o transfiguro, en dádiva secreta; en salmo de esperanza a la familia, al amigo, al poeta; En hieles del despecho; en áspid que amenaza por la espalda y me emponzoña el pecho: En un meditar solo; o en hoja y flor que en ática guirnalda tiendo a los pies de Apolo... Ya aletazo aquilino toca mi ciega fuente, y va a los vientos el chorro cristalino: Milagroso fantasma que enloquece a los pájaros sedientos, y a los árboles pasma. Ya mi ala a Dios exalto, y mi pluma se inflama como loca en su fanal más alto. Ya mi bordón requiero, y no aquieta mi labio hasta que toca la sandalia de Homero... ¡Tu cielo azul, tus lares! ¡Patria! Nevado monte! Casa vieja! roble de mis cantares! Que tu amor me apacigüe. Quiero ser en tu rama dulce abeja, solitario copigüe... Y, tú que el agua acreces del mar en que me esperas, con tu llanto ¡Madre!...¿no fui mil veces golondrina en tu alero; Rey Mago en tu Pesebre; en tu quebranto serenador lucero?... ¡Oh, Amor!...Para invocarte unjo de aromas finos mi piel ruda, mírome en tu agua, aparte... Para ablandar tu reja pido al hambre su súplica más muda: a la torcaz, su queja... Y si me das oído y me entrega su miel tu labio joven, en tu más hondo nido vuelo a asilar mi aurora, para que las alondras no me roben la eternidad de tu hora!... Mas, ¡ay! cuán poco dura... Murciélago me ve la tarde triste, candil, la noche obscura. Cabe la turbia poza gime la rana humilde: por su alpiste mi ruiseñor solloza... Dios, patria, amor, ensueño, se me apartan... Embriágame el Olvido con su fatal beleño; y me entrego a mi suerte, frágil alga que azota enfurecido un aquilón de muerte... Y al vendaval, el alga: ¡Muévate, oh Dios, mi lóbrego destino! ¡Mi confesión me valga!... Y al alga, el vendaval: flota y canta; serás carbón divino: te mudaré en cristal.