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Poema.es

CASA DE VERACRUZ

Entré en la casa blanca con mi incierta llave de cristal frío, la memoria. Se mecía el toldo sobre el patio como un jirón de niebla. Se mecía el caballo ?qué roto? de cartón en el cuarto de juego. Y nada era nítido allí ni vago, pues los ojos miran con lente propia los dominios del cadáver del tiempo, y nada para el ojo es tan real como la nada, esa nada que vuela como un ave enjaulada por la casa vacía, llena de eternidad agonizante. La vida que allí estuvo no parece sino una densidad de desamparo ante la mano helada del tiempo, engalanada con anillos que arrojan el veneno veloz de la melancolía en la copa que estamos apurando. Esa mano que pasa por los juguetes rotos y los muebles, por el globo terráqueo de marfil y por los trajes de los muertos, hieráticos y huecos como estatuas de nadie. Extraño en ese mundo clausurado, oí el tiempo moverse. Su paso de reptil en los espejos. Y fui abriendo las puertas, palpando oscuridades ostentosas exhibidas allí como un resplandor negro, y supe que era el huésped de una rancia tiniebla oculta en mi memoria como un borrón de espanto. Y andaban por la casa mis vampiros, rugían por la casa mis monstruos siderales, velaban como arañas de ceniza las brujas de los cuentos, los licántropos mostraban sus colmillos como puntas de estrella. Y andaban por allí, vacías sus miradas, los difuntos con rostros congelados en el hielo de las fotografías. Y supe que era el dueño de la niebla. Y tomé posesión de mi memoria. Cerré la casa blanca con mi llave ?tan fría? de cristal, y ahora no tengo un lugar en que pueda morir rodeado de aquellos que me tienden sus manos desde la orilla turbia que empiezo a divisar.