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LA EDAD DE ORO

Lo que el tiempo se lleve que sea tanto como aquello que el tiempo nos dio, regalo inmerecido, dejando la memoria en la inocencia de la vida cumplida, porque nada hiere más y más hondo que el recuerdo: mientras dure una noche en la memoria, esa noche es la Noche y esa intensa memoria la Memoria. Llévese el tiempo todo lo que quiera llevarse, porque todo fue suyo desde siempre. Que desvanezca el tiempo el oro delincuente del amor y la imagen hermética de aquello que llamabas pasado ?y era apenas ayer: la fugitiva edad de no tener edad para el pasado. Edad de Baudelaire y de muchachas que adquirían nociones de la vida en las últimas filas de los cines y en esos viejos cines de posguerra convertidos en locales de baile que cerraban cuando el cielo quería amanecer. Amaneceres de domingo, volviendo a casa con un vaso aún en la mano y con tabaco extraño en el bolsillo, a esa hora en que abrían los cafés y las damas de caridad montaban mesas con carteles de niños moribundos. Y era la muerta luz que amanecía la metáfora helada y la exacta ilusión de estar quemando las naves de la eterna juventud. Pero en su coche fúnebre el tiempo iba admitiendo pasajeros. Y las naves quemadas son ceniza, y muy poco de eterna tuvo la juventud. Así que arrastre todo, que se lleve en su vértigo el tiempo la memoria, dejando un vacío perfecto en el pasado. Porque todo recuerdo se acaba corrompiendo en el presente. Y este presente ya de poco va a servirnos. De poco va a servirnos el saber que hubo un tiempo en que la vida valía su peso en oro. Porque la vida pone su casa en el pasado. Y esta casa sombría no parece la nuestra.