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Casadas y cortesanas

Sobre el vuelo de su libertad, es mejor no hablar. Nadie se atreve a presumir estos aires, a transferir su paciente eficacia. Como ninguna pudo serlo, es inestable y sólida. Hábil. Cruel. Una persa se diría. Refinada para las fragancias y las delicadezas perdidas por el amor. El sol ha sido cercado por su vientre; los pájaros volaron con su desconcierto. La tierra tiembla en sus amores. Es un raro destino; después del peligro trata de quedarse entre la gente. Hay presagios; hay recuerdos que pueden hacerla sufrir. Cuando logran disipar su sonrisa, la serenidad se quiebra y la noche y la muerte se apoderan de su cuerpo. No hay memoria del rencor y la rabia que amparan sus lágrimas. Y sus labios sin coraje murmuran por esto no puede seguir así, que debemos cambiarlo. Y hace lo que puede. Y se confunde. No quiere traicionar, pero el tiempo la aleja y la devuelve. Es débil. La deslumbran y la abandonan, como si nada significara. No la asisten fuerzas supremas. No exisste especialmente. No se propone nada del otro mundo; sólo pide que la dejen vivir, sufriendo y amando, como cualquiera. Cuando ella se mueve o camina, nada hay más admirable que la vulgaridad de sus gestos.