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Poema.es

Comienza el día y su cuidado. Riesgos y premoniciones.

Hundir la mano y extraer del alibabá cálido dátil; quebrar al escupir su hueso el cascarón de escarcha: nieto de musgo, opta por el fuego, huye del agua fría, lanza desde la calle, por una ventana del palacio Pardiez, el talismán redondo de tu suerte horrible y echa a correr antes de que lo recojan. Repite sin premura, nieto del musgo, tenemos verbo, nombre, las lindas conjunciones de ónix, miserables quién vive como el del que escucha por teléfono un rítimico cepillar la dentadura y deduce (sin saber de qué se trata) algo por fuerza sumamente inmoral. Oh buscador de motivos, oímos tu tijera envenenada podando hiedra cobriza, y las adolescentes que caminan por esas cuerdas flojas no contienen, empero, corazón sino un órgano rojo, del tamaño del puño (del suyo, se comprende), con cuatro cavidades y otras exactitudes inquietantes (pues asco a una muchacha no vamos a tenerle). Ya clarea, estimables zánganos; debiéramos cambiar de asunto. Aunque si el sol nos ha de aborrecer, que sea por algo. Nuestro mundo indigesto es puñado de galletas duras (en montón cual ruinas de una pequeña basílica) puesto a la venta en una panadería de barrio popular, perteneciente a cualquier colega negro proclive al ron, el malhumor, el vaticinio, y a pasar con guitarra la noche entera abajo el foco biliar punteado por los moscos. (Tal vez compre el montón de galletas una anciana perdida para premiar a quienes le abran la puerta finalmente.) En la distancia surgen edificios muy elevados que nadie reconoce. Al parecer sólo existen a estas horas. Los centinelas pueden estar satisfechos por hoy. Han cumplido.