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La escuela autoritaria y cómo nació un repetable género de literatura

Duras son las bancas, y el profesor tampoco tan lúcido. Con frecuencia se nota que improvisa. Que falsea tradiciones, héroes, anatomías para salir del paso. Y si se murmura en los corredores -- lo he oído -- que su papel es difícil, pues que se hubiera dedicado a otra cosa, corsario turco, por ejemplo, pintor de santos de alcoba adulterina. No es disculpa. Quedan los flancos del aula embadurnados (y a la salida los retratos de Rúnika en su horizonte de estaciones) de rastros relucientes y ese platino es baba que derrochó el cornudo mentor en su tentar incompetente de molusco. Alza en alto la pata, hermano conejo (si de ti no se tratase, proteína de la niñez, preferiría callar); no te agarren desprevenido. Que tengan la culpa, dado el caso: 'Son más largas mis orejas; mi desempeño exhala, por donde oler se quiera, un pronunciado tufo vegetariano.' Y sin embargo no se te aprecia y el maestro se permite llegar trayendo al hombro una carabina como si no viniese a impartir instrucción humanística sino de caza o francotiro. Compartes el pavor, hermana marta, animalesa de homogéneo traje sastre, suave al grado de que sirve para hacer suavísimos pinceles, y eres el ser más fusilado en las florestas de Eurasia; te sientes aludida, con razón, y maullando la sobada excusa de salir un momento a soplar el sacapuntas, huyes y esperas nerviosa bajo los indalecios del patio que, conclusa la clase, algún compañero enamorado te preste sus cuadernos de ortografía insegura. (Mas con el amor no se juega; ojo.) También tú, hermano dromedario, padeces con este profesor pelotudo, sin darte tiempo a que le saques el aire a tu gaita por un agujerito melodioso, lo cual requiere concentración y espacio. De ahí que los discípulos se sublevaran todos. (Hay quien ejerce cuarenta y tantos años prosa o verso sin emplear ni una vez el verbo sublevarse. Quien lea, entenderá.)