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Ser ante los ojos (A mediodía VIII)

El ser, congregación de nubes en el cielo, níveo desierto que ordena en fila las viejas batallas. Al poniente, los lobos; al oriente, las oxidadas espadas en espera de reinos y fracasadas glorias. El ser, laberinto de tiempo detrás de la errante memoria, como los estoicos, balanza de espadas y cañones, de truenos en la montaña y aldeas arrasadas, de niños y jóvenes, víctimas de la sustraída clepsidra, de mujeres y hombres, que vieron llorar a Adán en su falso Paraíso; de ancianas tejiendo con sus dedos la línea imaginaria de una frontera sin brújulas ni caleidoscopios. El ser y el hombre, el joven y el ser, empuñan sus espadas como racimos de engaño, y en el reflejo del ocaso van desempolvando las ultrajadas ruinas: los desaparecidos, los sin lápida, las cenizas del jardín prometido. El joven, lejos ya del niño, descubre el misterio de los hombres que erigieron la noche, mito de crepúsculos lacerantes, cifra misteriosa, engendro de generaciones con vértigo: ¡viva la patria, renegados hijos de puta¡ mientras la memoria vaga por rumbos fatigados arrastrando las molduras de un espejo áspero y sin llaves. Pero, ¿quién entiende el juego? ¿Un dios indescifrable? ¿Las viudas y los huérfanos? ¿Qué espera el joven, qué? Quizá lo que sobrevive a los cobardes, lo que queda de un grito en la celda oscura; lo que pulula en el aire fétido de la victoria, de la supuesta victoria, la que se embarra en los muros de los infiernos necesarios, testigos de cargo de valentías hoy equivocadas. Y el joven, en su atroz confín imaginario, va reapropiándose del camino que lo llevará a la puerta, ya no de su edén sustraído, sino a la que lleva al espejo de los nombres y apellidos; la del espejo sin historias clandestinas, sin ojos desorbitados, sin epopeyas ante la tortura. Ya no fingirá, en sus manos está la llave de la cerradura; por allí ingresará al reino de la sed para aplacar su sed; por allí encontrará de nuevo el sendero para fugarse del tiempo y del olvido. El hombre y el joven se reencuentran. Ahí están, el uno frente al otro. Ahí, un espejo dentro del espejo. El silencio duerme, aún espera la palabra, el verbo exacto, el que recobra la memoria cóncava, donde el agua es lava y ceniza, como la del volcán de Pacaya.