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Ser ante los ojos (A mediodía XI)

El ser y todo yo congregado en un hondo corredor de espejos donde los sueños preceden al canto y al ingenuo entusiasmo de los hombres; el ser y todo el hedor de los prisioneros del tiempo, los que se quedaron en la orilla del reflejo; los que naufragaron y salieron a la playa con los despojos de los sueños ultrajados, risa y risa, llanto y llanto, con el rostro de Proteo insinuado en sus ojos repletos de victoria y derrota. El ser y toda la fuerza congregada en las manos que empujan las pesadas puertas de hierro; las que dejan entrar la vida para urdir epifanías; como la que preside el otoño o la tenue primavera que llena de ecos las voces que antes fueron silencio, nada, olvido, inventarios perdurables de cosas comunes. El ser y el joven ayudando al caos a ordenar el universo inexplicable de las tinieblas. Y el joven, en su afán, dispersa las sombras para inaugurar un sol poniente, una luz que riega su oro sobre baldosas y antiguas calles. Calles que guardan rencores apagados, rachas de abriles y voces infantiles urdiendo engaños, proezas y cultos idolátricos a héroes de carne y hueso. Así, en el fondo de las miserias y las glorias de los días, entre la luz y el recuerdo, va dibujándose de nuevo la escalera del pasado. Por ahí bajan El Santo, alguna que otra gloria del fútbol, Blue Demon y Pie de Lana, Tin Tan Peña y el Culiche Espinoza, el Circo Navarro y sus solitarias fieras. Pero el joven, ya hombre, desconoce que la gloria que busca sólo será estrépito y ceniza. Y en esa ignorancia guardará un secreto: él es, él será todos los hombres muertos, él será un arquetipo de esas muertes, como en Auschwitz, como en la campaña de Leningrado o Sunzapote, o las llanuras que cabalgó Bolívar; no alcanzará el esfuerzo, todo será en vano; él será, él es, los nombres, los que duran al transponer la frontera del olvido. Porque ellos, los nombres, saben que Dios está lejos, pero no olvida a los que profesaron la vieja fe del hierro, del trueno, del delirio.