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Ser ante los ojos (Al amanecer I)

Un hombre sueña, deambula en el filo de la banqueta del mundo; aún es niño, sus ropas invocan una esperanza que resulta pretexto oportuno para dar un rodeo a su tristeza. Escruta puntual los misterios del tiempo, sabe, porque desconoce, que su hacer lleva un ex libris de interrogación permanente. Desde su niñez intuye que su hambre es espuria, y lo es porque no es eficiente ni posee la fuerza para convertirse en una cifra que garantice prosperidad ni alzas súbitas en los rendimientos. Su hambre, que también es la de todos, tan sólo es un acicate, sin más rigor que eso, sin más suntuosidad que su sobrado aburrimiento. Pero, en esencia, ¿qué busca? ¿Qué aherroja su estar en el mundo? ¿Qué estado de gracia le dará el horizonte para la estupenda sensación deliberada de estar vivo o de estar muerto? Quizá su abreviada historia de sobreviviente. De sobrevivencia a una memoria adulterada, representada en escenarios que se evaporan y se dilatan, tanto como el miedo a vernos en un espejo y reconocernos cadáveres; o falsos cadáveres que realizan con ahínco un pulso contra el estoque de los que se llaman victoriosos, contra los que hoy dicen que todo fue una enorme equivocación.