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Ser ante los ojos (Al atardecer XIII)

El ser ha llegado, por fin, al umbral de los días nuevos, en su rostro se dibuja la ebriedad de la muerte, como la materia profunda de las piedras; ha reescrito a ciegas las señas de identidad de las heridas más profundas. Camina y calma su sed en los jardines desnudos que reflejan unos ojos minerales, tanto como el nebuloso espejo; el de la simiente, el del surco que dejó el otro, el del olvido fácil, aquel que lloró ante la posible redención. Ahí camina, con su costal de luz entera; por el horizonte anegado de luna y escupitajos de cólera y rabia, a solas balbuceando una fábula que de tanto repetirse se convierte en antología fraudulenta. Aquí el hombre, allá el joven, reunidos para fundar de nuevo la casa con paz y suficientes ventanas; aquí el ser, allá un incierto hoy, reunidos para bordar de nuevo sus enlutadas telas. Aquí y allá, juntos, en el mismo lugar, inaugurando las noches sin orillas. Se ven, callados, el espejo los refleja y les devuelve el aroma a incienso, ya no huelen a sangre sino a pino y mañanas húmedas. Se ven, callados, el espejo los concilia. Dejan la nave encallada y se enfilan con azahares en las manos hacia su destino, derrotaron a la eterna muerte, a la eterna vida; comprenden: son eso, muerte y vida, llama y agua. Marcan el sendero de ida e incineran la memoria, pájaro que arde, rito funerario que agoniza y contentos abren la pista para el regreso del ave fénix. Caminan, caminan, sus cuerpos ruedan por aldeas infinitas; alguien, con los párpados cortados, les habla de Bosnia, de la caída de Wall Street, de Internet y pedófilos; no importa porque saben que al final siempre habrá alguien que les ofrezca una sonrisa, un sorbo de agua, una hora de viejas historias y prodigios infinitos; alguien a quien le bastará el mundo, así, tal cual, aunque luzca en ruinas. Ríen y continúan porque saben que enterrarán el futuro, ése por el que lloraron, el que les otorgaron sus viejas glorias derrotadas, pero al final glorias; la gloria del enojo, la del honor y la cólera, aquella que los alimentó de suficiente asombro, sí, asombro ante el hambre, la muerte, los ojos tristes de los niños, la pureza de los viejos amigos. Ahí van, por este hoy, el ser, el hombre, el niño, el joven, reunidos, absortos, deseando descifrar los enigmas del camino: Marilyn Manson y su trasvestismo, la vieja estatua derrumbada de Lenin y las atrocidades en contra de kurdos y bosnios, en contra del hombre contra el hombre. Ahí van, leyendo a Kundera y Saramago, a Sabines y a Paz, intoxicados de luz, tragándose toda la luz, la que nos da este hoy desabrido, pálido, casi llegando a rosa, ahí van, oyendo a Fito Páez y Joaquín Sabina, encostalando más de alguna canción de Maldita Vecindad o Molotov, para confirmar la perdurabilidad del olvido; ahí van, por el camino, creyendo que el mundo es un cuadro, revisitando a sus fantasmas como Dalí, Picasso, Rivera, Tamayo, Toledo. El ser y todo el yo congregado, en la orilla final, soñando un río, unos hijos, un paraíso, un polvo justiciero; el ser y todo el yo congregado, en una nota de Piazzolla en una línea de Saramago, en un poema de Borges, en la orfandad de un mar cabalgado, en el último aliento de Cardoza y Aragón, en la mano generosa que se alarga y nos brinda un pedazo de felicidad, ésa, como el pan y el mantel blanco, ésa, como la de un ángel, un niño, una hoja, ésa, como ellos, viéndose en el agua, descubriendo el agua, siendo agua, para limpiar con suficiente luz, el espanto de la memoria.