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Rasgos (II. Pinar)

Apuntamos aquel cielo que se nos desplomaba, verdinegro. Los que pasaban a lo lejos eran ?sombras chinescas en la pantalla del crepúsculo? nuestras sombras en otros mundos. El cielo verdadero estaba, afuera, preso, y se asomaba entre los troncos, viéndonos con su ojo de luna, huero. Una estrella, la única, temblaba sin luz en nuestras almas. Y, si cerrábamos los ojos oíamos, platónicos, como un zumbar de abejas la música de las esferas.