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El pecho blanco, el pecho negro

Mi madre tenía un pecho blanco y un pecho negro. Al despertar tomaba el pecho blanco en su mano y acercándolo a mis labios decía: Bebe, hijo mío, y yo bebía una leche blanca, espesa, dulcísima. Luego apretaba entre sus dedos el pezón negro y colocándolo en mi boca repetía: Bebe, hijo mío, y yo bebía una leche oscura, infinitamente agria. Mi madre tenía un pecho blanco y un pecho negro. De día, sosteniendo el pecho blanco en su mano como una paloma, susurraba: Es la luz del mundo; y a la noche, mientras exprimía suspirando el pecho negro, prorrumpía: Es la oscuridad. Mi madre tenía un pecho blanco y un pecho negro. A veces exponía el pecho blanco al sol y escondiendo bajo su ropa el pecho negro canturreaba: Esta es la leche que sacia toda hambre, y su rostro se iluminaba con una sonrisa inmortal. Pero mi boca buscaba otra vez el pecho negro y tomándolo en su mano con piadosa resignación lo ponía en mis labios diciendo: Bebe, hijo mío, y yo bebía ávidamente la leche que da más hambre. Mi madre tenía un pecho blanco y un pecho negro.