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Poema.es

La piel

Creyente sólo de lo que toco, yo te toco, mujer, hasta la entraña, el hueso, aquello que otros llaman alma, tan unida, tan cerca de la carne mortal y voluptuosa o siempre ardiente o nunca maltratada sino dulce, oscilante entre querer y subir, adentro de la espuma. Te todo, dije, mujer, hasta el más húmedo hueso de tu vientre, donde ya gimes tú, y el aire libre viene, sin sangre o pensamientos: un solo extremo de mi cuerpo se convierte en el todo. Ni un pensamiento impuro empaña entonces ese goce: cuando estoy en tu vientre sólo estoy en tu vientre. Soy ahora ese límite extraño, esa piel que consume, que se quema y se gasta, ese tacto profundo que va desde la piel al pozo ciego de mis venas, y también un ruiseñor y un alto sol, tendido, mudo. Un beso apenas, un leve, ya risueño fulgor que lento acaba: la piel que se contrae. La sangre toda y los sudores hablan. Vuelven a mi los pensamientos. Por ti camino llano por el tiempo. Cuando estoy a tu lado, no estoy sólo a tu lado: el agua entera fructifica, el espacio se amplía y un lento sol nocturno nos enciende por dentro.