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Palinodia

                              (A Martín) No te roce siquiera la piedad si, al hojear el álbum de guardas desvaídas, un colegial de floja cazadora, cuyos ojos presagian el alcohol de los años inhóspitos que estaban al acecho, te mira desde el fondo del retrato como si nunca hubiese roto un plato. Te engañarás si tomas por finura de espíritu tal expresión, pues nada había de eso. Yo lo conocí bien. Poseía tan sólo una rara panoplia de estrategias mezquinas para salvar el tipo. Pensaba el muy estúpido que la de la inocencia no era mala apariencia. Pero la prematura rigidez pasa pronto y además no amortiza el esfuerzo invertido. Los réditos que rinde son paja dada al viento. Vas listo si pretendes sacarle otro provecho que la fama de santo (no es para tanto). Escapó como pudo, abriendo una tronera, hacia donde sentía bullir la primavera. Y, para su desgracia, se dio cuenta a deshora de que algunos aromas le sentaban fatal (sobre todo, el de ciertas florecillas del mal). Anduvo dando tumbos de jardín en jardín, reprimiendo la náusea, hasta que un día, al fin, no tuvo más remedio, dada su edad ya crítica, que meterse en política. Pero tampoco en ésta le lució mucho el pelo, pues arreglar el mundo no es tarea al alcance de quien tiene su casa en permanente ruina. Pure perte, sa vie. No guardaría ni un rescoldo de amor de aquellos tiempos de ilusiones y dulce desvarío. No te roce siquiera la piedad, hijo mío.