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Abuelos (IV)

A veces la pensaba como recostada en un nido salvaje, llevándonos a todos en tiempos en que el agua era limpia y corría por las alcantarillas hasta llegar al río. Fue la última vez que entró a la casa que le vi las arrugas en reposo tan cerca como nunca estiradas y quietas para siempre. Pero ella siguió siendo un deseo inconcluso y sus peinetas blancas un camino lejano a todas las caricias que empezaron al borde la frente hasta que a su cabello le cortaron las manos.