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Cabalgata de reyes

Siempre las cabalgatas me pillaron yendo hacia alguna parte y en constante lucha con el gentío. Verbigracia: en el 92 quedé con Cuesta cerca de Riego, en el 91 iba a la biblioteca, en el 90 algo en la calle Uría..., y siempre el mismo molesto rebrincar y los ahogos entre niños pasmados y vejetes que tienen frío y padres de iracunda mirada y los camellos y los pajes. ¿Será esa sensación de que están todos perdidos menos yo, de que van todos en dirección contraria, lo que siente también un niño al dejar de creer? No lo recuerdo. Pienso que los niños distinguen mal el interés común de sus propios deseos. Les engañan los negros de mentira y las coronas doradas de cartón; bailan la música que les toca la orquesta, tan contentos. Pero no de verdad. Luego los años se encargan de enseñarles el camino que no transitan padres ni camellos. Siempre hay algo que hacer (eso les gusta) y van hacia algún sitio en dirección contraria en cada nueva cabalgata, chocando y entre ahogos, sin creerse las mentiras ni el negro. Y no sonríen y los padres les temen. Imagino que así se explica todo: las miradas oscuras, el asombro de los niños y el frío de los viejos, que distrae un Rey Mago arrojando caramelos.